Los arquitectos son conscientes de la dimensión artística de su obra, pero prescinden a menudo bastante de su dimensión social y política. Por eso, el uso de los materiales de derribo y de la estética suburbial en los edificios "de calidad" podría parecer interesante. Se trata de una operación doble: por un lado se pone de manifiesto que la narración política de las favelas es, necesariamente, una narración estética; por el otro, se intenta incorporar el discurso político a una arquitectura "de calidad" que normalmente prescinde cínicamente de él.
Al darse cuenta del valor estético de la arquitectura y el urbanismo de la sociedad excluida, esta estética se puede incorporar a la arquitectura y el urbanismo de la sociedad integrada. Y al incorporar una arquitectura de favelas que es sobre todo un discurso político, la arquitectura y el urbanismo integrados pueden recuperar el valor social que habían abandonado. Bien.
Ahí, sin embargo, es donde nos asalta la mayor paradoja. Porque entonces ¿quién es el autor de esta estética? ¿Los habitantes anónimos de las favelas, o los arquitectos "de calidad" que la utilizan para obras firmadas?
Me temo que hemos llegado al punto opuesto del que veníamos. Ahora, no es el lector el que se apropia de los versos del poeta, sino el poeta -el arquitecto- el que se ha apropiado de los versos que los lectores -los ciudadanos, los habitantes de las favelas- se han tenido que inventar por su cuenta, a falta de un poeta que piense en ellos. Es decir, a falta de una arquitectura y de un urbanismo para una ciudad democrática.
En la edad media la poesía empezaba a menudo en forma de canciones populares. De ahí pasaba a los juglares, que las iban fijando. Y luego los trobadores las pulían, les daban una forma más perfecta y firmaban. Mozart utilizaba a menudo canciones populares para sus temas; y por eso, porque era un tipo honestísimo, no soportaba trabajar para el archiduque y le encantaba estrenar en los teatros arrrabaleros, porque sabía que el dueño último de su obra era la gente.
Cuando los arquitectos utilizan materiales de derribo y la (i)lógica constructiva del Tercer y el Cuarto Mundo, ya no es el lector quien recrea al poeta, sino el poeta el que recrea al lector. Es el arquitecto integrado el que recrea al excluido, el urbanista el que recrea al ciudadano. ¿Qué diría de eso Ángel González?


TONI COMÍN, és filòsof