Luego, estaba aquel demócrata por la vía expeditiva que decía: debería haber una ley que obligara a todo arquitecto a vivir durante un año en cada una de las casa que construye, y a todo urbanista a comprarse una casa en el barrio que reforma. La cosa no pudo ser porque los arquitectos acostumbran a hacer más de una casa por año, y los urbanistas reforman más de un barrio.
En la arquitectura y en el urbanismo, la estética y la política, lo artístico y lo social se mezclan como en ninguna otra actividad creativa. Así, a menudo arquitectura y urbanismo se encuentran ante dilemas más políticos que estéticos. La vivienda es antes el objeto que se deriva de un derecho social fundamental que una obra de arte. La propiedad del suelo, la especulación, el conflicto entre la casa-derecho y la casa-negocio, reformas urbanísticas que son generosas con los intereses de las constructoras y se olvidan de los intereses de los afectados... ¿acaso no es este el escenario en el que, la mayoría de veces, se desarrolla la función?
Las megápolis del Tercer Mundo y el Cuarto Mundo, esto es, los barrios deprimidos de las capitales del Primer Mundo, son el ejemplo clásico de esto que decimos: los límites de la función -de la función artística- los pone la política, el conflicto social, la distribución de la riqueza, la vida económica… Donde no hay negocio, ni poder, allí la arquitectura y el urbanismo huyen sistemáticamente como la oscuridad huye del sol. Sólo la democracia es capaz de poner arquitectura y urbanismo allí donde normalmente no las habría habido. Sin democracia, se ausentan. Sin democracia, arquitectura y urbanismo -entendidos como actividad artística- y pobreza son incompatibles.
El final del párrafo anterior es rigurosamente falso. Los barrios pobres -en las megápolis del Tercer Mundo, en los barrios del Cuarto Mundo occidental- han desarrollado su arquitectura y su urbanismo, con una dimensión estética innegable. Véase si no los autores que utilizan la estética de las favelas y hasta los materiales de derribo para hacer arquitectura y urbanismo que llamamos "de calidad" -expresión que, por cierto, debe de querer decir, ya sea cínica ya sea estúpidamente, arquitectura en condiciones para vivir.
Los ciudadanos de las favelas, al construir sus chabolas, diríase que no pretenden hacer arte, al menos explícitamente. No hay en las favelas una voluntad de narración ni de simbolización estética. Sin embargo, las favelas son, se quiera o no, un discurso político por ellas mismas, sin necesidad de añadir nada que no sea su sola imagen.