Apropiaciones
TONI COMÍN

Si mal no recuerdo, la anécdota la explicaba Ángel González, el poeta. En algún evento literario, un admirador suyo fue a saludarle y aprovechó la ocasión para explicarle entusiasmado cómo había descubierto el sentido último de uno de sus poemas. "No joven, no, este poema del que usted me habla no es mío", le dijo González. "¿Cómo?, pero yo lo he leído en uno de sus libros". "Ya, ya lo sé, pero el poema no es mío, lo siento mucho". "¿Pero entonces, si no es suyo, de quién es?". "Pues ¿de quién va a ser? De usted, hombre, de usted. ¿No ve con qué entusiasmo me habla de él?".
Las obras de arte son tanto de sus creadores como de sus intérpretes. Al menos, esto es lo que quería decir el poeta. ¿Quién es más dueño de una obra, quien la hace o quien la vive? ¿Quien la crea o quien la habita?
Parece que en la arquitectura y el urbanismo esta verdad se hace patente de modo especialmente manifiesto. Tanto la arquitectura como el urbanismo tienen sus autores -siempre como a medio camino entre el diseñador y el constructor- y luego tienen sus habitantes, sus ciudadanos. El arquitecto y el urbanista crean los espacios, pero son los habitantes quienes los viven, es decir, los recrean. Son como los lectores de los poemas: saben de sus casas mucho más que su supuesto creador original; han leído sus pasillos, como si de versos se tratara, infinidad de veces, muchas más veces que el propio poeta; han paseado por los espacios, las luces y los ruidos como quien interpreta estrofas.
En una ciudad democrática, ¿no se debería articular un diálogo permanente entre el poeta y sus lectores? ¿Cómo articular la comunicación necesaria entre los ciudadanos y los urbanistas, entre los arquitectos y los habitantes? Si pensáramos sólo en una democracia representativa, en la que los representantes interpretan la voluntad de los representados, entonces bastaría con que los arquitectos y los urbanistas nos interpretaran. Hasta ahora ha sido más o menos así. Pero ya no podemos querer esto, una tecnópolis escindida. Una democracia participativa debería encontrar la manera de poner a los ciudadanos en el lugar de los arquitectos, y los arquitectos en el de los ciudadanos, ni que fuera por un momento.