Lo público no es estar solamente cerca, requiere lo junto. Para poder estar no solo cerca, sino, además, junto -pues los términos no son excluyentes- se da un estado, en toda la honda latitud de esa palabra. Y este estado, de continuo volver a no saber, se nos abre como suelo -forma y acontecer, lugar y palabra, transparencia del límite-, abismo de nuestro consentimiento. Sólo tal estado nos tiene junto. Por eso es esencialmente público, propiamente ágora.
Así nos fue dicho poéticamente que el estado, tal incesante volver a no saber, es, de suyo, donación, y en este caso concreto, donación de las arenas. También nos fue dicho poéticamente que la ciudad solo puede comenzar por el ágora, que es su fundamento y su cuidado. No comenzar la ciudad por el ágora es sencillamente no hacer ciudad. Es hacer agrupaciones de centros, de parlamentos, de casas de gobierno, de iglesias, de plazas, recreaciones, funciones, trabajos, viviendas, etc., todas ligadas con mayor o menor inteligencia, con mayor o menor fulgor respecto de un propósito, es decir, de un futuro y por ello siempre nostálgicas. Tales agrupaciones de lo cerca no traen consigo lo junto, es decir, el estado consentido que las hace realmente públicas. Carecen de aquello que hace estar donde se sitúa, carecen del estado que no es mero establecimiento.

Extracto de los «Actos poéticos de apertura de los terrenos de la ciudad abierta», realizados el año 1969.

Más de treinta años después de esta abertura, ella constituye nuestro presente, en el que vida, trabajo y estudio cobran realidad día a día en la fidelidad al origen.

IVAN IVELIC, DAVID LUZA, MAURICIO PUENTES Y RODRIGO SAAVEDRA
Sobre un documento fundacional de la Ciudad Abierta