Advertidos por Brodskij de que «la periferia no es el lugar donde el mundo termina sino el lugar donde el mundo se decanta», hay quienes han sido capaces de ver en el periférico territorio chileno suficiente cantidad de mundo como para preparar con cuidado la irrupción en el estado de cosas. Una cierta solución de pertinencia con las circunstancias de cada proyecto (lugar, encargo, sistemas de producción, cultura) ha permitido disolver la nostalgia por lo local reemplazándola por lo que viene al caso.
Será ésta la única manera de salvar ilesos de la otra gran amenaza, aparentemente opuesta a la nostalgia, pero en el fondo igualmente nociva: la euforia de la vanguardia. La poderosa máquina mediática que rodea la arquitectura tiende a convertir las experiencias de países como los nuestros en casos. La adopción de cuanto tic formal y cliché estilístico puebla los medios tiende a convertirnos en mera demostración y verificación de la fuerza, y alcance de ideologías y estéticas generadas quién sabe dónde.
La distancia, incluso más, la lejanía, ha contribuido a que algunos de nuestros arquitectos dejen de correr la carrera por la producción de la última palabra para iniciar aquella que busca producir primeras palabras.
Superávit de planeta, déficit habitacional
Ignoro la razón por la cual los curadores hayan llamado a esta exhibición «Espacio» y no «Arquitectura Contemporánea en Chile», pero la decisión me parece feliz.
«Acá la historia es breve y el espacio inmenso; hay aquí superávit de planeta. Somos más geográficos que históricos», nos dice el arquitecto rosarino Rafael Iglesia. En ese sentido es más probable para un arquitecto, aquí, ser requerido para producir espacio que para producir arquitectura en el sentido más convencional de la disciplina; son aquí las obras en general (o debieran serlo) algo más atávico y anterior a la arquitectura, algo más cercano a las cosas que a los objetos.
Pero la pertinencia no tiene sólo que ver con la formalidad de los proyectos, sino también con su sentido. Algunos datos: en Chile se construyen 10 millones de m2 al año; un tercio de ellos son vivienda de orientación social.
A la última Bienal de Santiago, que en realidad fue Trienal, se presentó lo mejor de los últimos 30 millones de m2 construidos; en la categoría de Vivienda Social el primer premio fue declarado desierto.